• Danilo Perez Flores

¿Y qué pasa con la transición energética?

Actualizado: 17 ago

Durante el siglo XVIII, el desarrollo tecnológico permitió desbloquear una fuente de energía útil órdenes de magnitud superiores a lo que la humanidad estaba acostumbrada. Pasar de la tracción animal (incluido el esfuerzo propio, esclavos, caballos, etc.) a las máquinas de vapor de Watt permitió a la sociedad "mejorar significativamente" la calidad de vida. Sin embargo, esta mejora no fue homogénea, no alcanzó a todas las personas de la comunidad ni todas las áreas geográficas. De esta manera, la mejora tecnológica impulsó el desarrollo del sistema a un ritmo nunca visto, aumentando simultáneamente la brecha entre las clases.


Esta disparidad en la distribución de beneficios está ligada al monopolio energético, monopolio que tiene dos significados claros en este contexto, a) El uso de una sola fuente de energía (combustibles fósiles) como solución por defecto para cada aplicación, y cada comunidad sin importar las particularidades de dónde y cómo se debe implementar. B) muy pocos proveedores que controlan el abastecimiento de esta “única fuente de energía” permiten comportamientos similares a los de un cartel.

En este sentido, en importantes zonas del sur de Chile, la madera, juega un rol fundamental en la matriz energética, en parte por costumbre de la población, pero cumple con un rol de seguridad que muchos de nosotros -en nuestras respectivas burbujas- no vemos. Por ejemplo, mi vivienda es 100% dependiente de la electricidad, y por tanto si no contara con acceso a esta no podría cocinar, calentar agua ni calefaccionar espacios. Esto no suena tan mal cuando se da por descontada la posibilidad de cubrir la cuenta mensual, pero el uso de madera ofrece simultáneamente la calefacción de espacio y cocina, con la posibilidad de conseguirla con esfuerzo propio para recogerla.

Dada la situación en el 2022, la seguridad de abastecimiento ha cobrado un espacio importante en la discusión de las estrategias de transición energética y des-fosilización de la matriz energética. Necesitamos entonces esfuerzos serios para cambiar nuestra forma de obtener energía, incluido el desarrollo tecnológico, pero también nuestra forma de pensar, particularmente sobre el suministro de energía y nuestra forma de vida, para ser conscientes de la forma en que usamos /gastamos energía. Ninguno de estos dos últimos aspectos está relacionado con la tecnología sino con componentes culturales, por lo tanto, extremadamente difíciles de cambiar a menos que tomemos conciencia de ellos.


Entre algunos de los cambios culturales mas enraizados es la lógica centralizada y basada en opinión de ‘expertos’ que normalmente representan un grupo bastante más homogéneo de la población de lo que me parece recomendable. De este modo, por ejemplo, el uso de madera es muchas veces mal visto, mientras viviendas dependientes de una sola fuente de energía son promocionadas como modernas. Por tanto, se produce la contradictoria realidad entre la solución evidente, diseñada desde un escritorio en la facultad, y la imposible implementación de la misma. Este mismo (i)lógico raciocino hace -a mi juicio- que mucho empujen por soluciones energéticas que no consideran las particularidades de la comunidad, empujados por la estrategia comunicacional que ciertos combustibles son los que el llamado primer mundo usara’; perdiendo de vista entonces que el desarrollo tecnológico ha de buscar mejorar la calidad de vida sin dejar a nadie atrás, no la búsqueda del avance por el avance.


Por ejemplo, a medida que la revolución industrial desbloqueó cantidades imprevistas de energía, el aceite estándar de Rockefeller también contribuyó a construir un sistema confiable. Hoy en día, lo más probable es que todos los que lean esto supongan que la energía está disponible en el tomacorriente de la pared a pedido, independientemente del clima, la hora o la estación. Una parte importante de lo que no vemos como usuarios es la 'generación de energía eléctrica', los camiones con carbón, los gasoductos de gas natural fósil, los ríos calentándose para enfriar las centrales, ni las emisiones (más allá del CO2) que se producen para que podamos disfrutar esta entrega de energía confiable que hacemos, y menos aún pensamos en el uso de recursos nacionales como el territorio. Ser consciente de estas externalidades negativas (entre otras) es clave para que podamos pasar de concentrarlas en zonas de sacrificio a ser empáticos los unos con los otros. Un buen ejemplo de esto es el vergonzoso caso de Puchuncavi, Quinteros o Tocopilla y sus centrales termoeléctricas en Chile, o el caso Didcot en Reino unido o de Huntly en Nueva Zelanda donde se concentran los impactos de una central eléctrica que alimenta a ciudades con millones de personas en pueblos de unos cuantos miles de habitantes.

Con estos ejemplos se pretende que el lector sea consciente de la capacidad limitada de recuperación o capacidad de absorción de impactos de medio ambiente, y al concentrar el impacto de 2 millones de personas en un área de 8 mil (Huntly en Nueva Zelanda) estamos superando indiscutiblemente la capacidad curativa del medio ambiente que tanto nos sorprendió cuando llegó el COVID. Pero también son indicadores de que tan lejos de un sistema energético justo nos encontramos, ya que unos tienen acceso a energía confiable, mientras otros asumen las consecuencias y otros ni si quiera son parte de la red de acceso.

Estos casos sólo son posibles porque el modelo es aplicado en diversos países, dejando las decisiones a intereses individuales por sobre el utópico bien común. En este sentido, y aunque no se ha percibido mucho movimiento del gobierno más allá de avisos y declaraciones, el uso de la infraestructura y capacidades de ENAP (u otra institución del estilo) para modular el mercado de gas parece una forma practicable en el corto y mediano plazo, para intervenir la industria, permitiendo el ingreso de un jugador con la capacidad de poner un precio justo al alcance de todos, y que a pesar de jugar con las ‘sagradas reglas’ del libre mercado permita avanzar hacia la justicia energética.

Sí, hay mucha ideología en la sugerencia subyacente aquí, pero no está impulsada únicamente por la suposición inherente de que todas las personas tienen el mismo valor y derecho al acceso a energía, sino que también se busca resaltar que las decisiones técnicas son comúnmente manejadas por ideas e ideologías políticas con un trasfondo mucho mas profundo, que usualmente ramifica en todas las ‘áreas del quehacer humano y gobierno en particular, apelando a la objetividad como una herramienta para imponer una opinion.

Si bien en estos cortos primeros meses de gobierno no se ha tratado el tema más allá de las posibles ventas de hidrogeno vede producido en Chile, si parece haber un cambio significativo en cuanto al tratamiento de tema, empujando un trabajo interministerial, estrategia que si bien no brilla de inmediato, debiese producir mejores resultados en el mediano y largo plazo.

La transición energética, ha de ser justa o de lo contrario no tiene sentido. Para quienes trabajamos para brindar soluciones tecnológicas que ayudarán a impulsar la transición energética y más allá, debe ser aún más importante la colaboración con todos los que trabajan hacia el mismo objetivo de lograr justicia energética, donde desarrollamos un sistema confiable y que permite el acceso a toda la población, un sistema que tiene la flexibilidad técnica para ajustarse a la realidad de cada comunidad y trabajar con ella para desarrollar la mejor solución sin dejar a nadie atrás ni imponga los impactos negativos a unos pocos. Por tanto, la solución requiere de un sistema político que debe incluir a las comunidades, autoridades locales, tecnólogos, educadores y todos quienes deban participar del desarrollar de una visión que nos incluya a todos.

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